“El pasado me ha revelado la
estructura del futuro”. Pierre Teilhard de Chardin
—Némesis… —esa maldita palabra lo perseguía
donde quiera que fuese y en labios de su madre no sonaba mejor…
Continuó durante unos segundos con la mirada clavada
en las cenizas que esparcían al aire los bots
araña en su sistemática búsqueda de restos humanos. Aún le costaba mirar a los
ojos a aquella mujer que durante tanto tiempo había querido borrar de su
memoria y que ahora aparecía ante él manejando información que le hacía sentir
aún más incómodo ¿Podía ir el día a peor? Mejor no hacerse esa pregunta, pensó.
La última vez que la había formulado después de una terrible jornada, al llegar
a casa a las tantas, había encontrado a Milú
infectado con uno de los virus que poblaban la red y que le hacía cantar en
bucle y a máximo volumen La Macarena. Ni
siquiera Ariadna había podido desactivarlo, así que a las cinco de la madrugada
y al borde de la locura tras haberlo probado todo, se vio obligado a utilizar
el arcaico pero efectivo método del martillo para silenciarlo. Aún le dolía el
bolsillo al pensar en la factura de la reparación.
—¿Tienes idea de lo que dices, madre? —gruñó
Zach intentando controlar su creciente enfado—. ¿Crees que tengo tiempo para
acertijos como cuando era pequeño?
—Ya sé que no eres un niño, Zach —dijo
Patricia con ternura—. Pero sigues teniendo tan poca paciencia como entonces.
—Madre, tengo asuntos importantes que atender
y me están esperando —espetó Zach mientras miraba de reojo el vehículo híbrido
en el que aguardaba Maugé—.Si tienes información sobre Némesis, te ruego que
seas breve y que te largues por donde has venido.
Patricia se concentró intentando ordenar sus
pensamientos mientras extendía la mano y ofrecía aquella bolsa de pruebas a
Zach.
—¿Ves esto? Lo que tienes delante es casi una
pieza de museo. Se trata de un microfilm que se utilizaba para almacenar
información antes de la era digital. Estaba dentro de una pequeña funda
metálica y creo que es sólo un fotograma de algo mucho mayor. Cuando lo
descubrí ni siquiera había contemplado que fuese eso. Por suerte tu “nave
espacial” todavía funcionaba.
—Madre, ese cacharro no era más que un trasto
viejo de papá con el que me gustaba jugar de pequeño. Y ahora que lo dices era
bastante irresponsable por vuestra parte dejar que un crío jugara con cosas
oxidadas y de bordes afilados —dijo Zach tomando la bolsa y examinando curioso
su interior —. Entonces, ¿esto es lo que creo?
—Veo que todavía recuerdas la afición de esta
familia por los acertijos. A tu padre le encantaban las adivinanzas, los
enigmas, los rompecabezas —rememoró Patricia aquellos días felices—. Lo que
para ti era un juguete repleto de botones y lupas, para nosotros era algo más.
A tu padre le gustaba tanto todo eso que también lo usábamos para nuestros
juegos de enamorados. E incluso eróticos —dijo dibujando en sus labios una
sonrisilla pícara.
—¡Madre! ¡Por favor! —soltó Zach perdiendo ya
la compostura con la cara tan roja como una gamba sintética a la plancha—. ¡Haz
el favor de centrarte en la información relevante y tratar de no causarme
ningún trauma más!
—Tampoco es para tanto, Zach. De ese amor
naciste tú. Usábamos esa pasión de tu padre para alimentar la nuestra. Un día,
tras haberme explicado el antiguo sistema de cifrado de Vigenère que solía usar
para sus operaciones encubiertas, encontré una nota en el bolsillo en la que
había escrito: QR JWDKT SAGMITD FQ KH
QKÑKCWU FSMJY. Durante semanas estudié el cuadro de Vigenère buscando el
algoritmo que tradujera aquel galimatías sin éxito, hasta que aquella mañana,
mientras jugaba contigo y tu hermano en el jardín, vi cómo vuestro padre nos
observaba desde el zaguán con expresión de felicidad. Cómo podía haber sido tan
tonta. La clave no era más que las siglas de nuestros nombres: Claire, Zach y
Sam, y el mensaje, pura y simplemente, lo que expresaban sus ojos al mirarnos: OS QUERRÉ SIEMPRE NO LO OLVIDES NUNCA. Aquel
fue el primero de los miles que nos intercambiamos. Cambiaron los sitios, los
soportes, los cifrados, complicando el juego un poco cada vez, pero nunca la
clave.
—Disculpen, han de desalojar. Vamos a
proceder a cerrar la zona —les informó uno de los encargados del departamento
de Salubridad Orgánica.
Zach alzó una mano y cogió su InCom del bolsillo. Sabía que los
querrían despachar pronto así que llamó al juez de guardia para que confirmase
su autorización para estar allí alegando que estaba relacionado con el caso que
investigaba. Al no ser Zargon aquella conversación duró algo más de cinco
minutos, pero consiguió su propósito.
—¿Se conoce la causa del accidente? —preguntó
Zach con una sonrisa victoriosa a aquel hombre de aire ministerial enfundado en
su ridículo traje rojo de protección bioquímica.
—Puede descargar una copia del informe en su InCom cuando quiera, ahora que tiene
acreditación para ello.
—¿No tengo acreditación para un poco de trato
humano o qué? —replicó Zach ofendido.
—Señor, no estoy aquí para dar explicaciones
ni discutir —repuso el hombre amapola de ojos vacuos—. Así que si no desalojan
inmediatamente, me veré obligado a…
Los interrumpió un resplandor que rasgó el
cielo, cegándolos durante algunos segundos. Todos hicieron el gesto de frotarse
los ojos para recuperar la visión cuanto antes, pues la sensación de desamparo
se multiplicó al escuchar a su alrededor golpes metálicos y sonidos de derribo.
La escena con la que se encontraron cuando pudieron ver de nuevo resultaba
dantesca. Algunos de aquellos bots
araña, que apenas unos segundos antes trabajaban ordenada y eficientemente,
luchaban ahora entre sí en un combate caótico y aterrador. Otros caminaban
tambaleándose sin rumbo mientras zarandeaban sus largas patas y destruían
cuanto se interponía en su camino. Los menos yacían inertes como si un dios
robot hubiera puesto su dedo aniquilador sobre el interruptor de apagado.
—¡Maldita sea! —reaccionó por fin el
funcionario del departamento de Salubridad Orgánica como si hubiera recibido el
pinchazo de mil agujas en su apoltronado culo—. ¡Desactivación masiva de
emergencia!
Vieron cómo un subordinado corría hacia ellos
y lograba esquivar a duras penas la pata de un bot que se había desprendido del cuerpo principal y parecía querer
montar su propia fiesta.
—¡Señor, la pérdida de control es absoluta!,
¡no podemos detenerlos! —gritó sin resuello el joven cuando consiguió llegar
junto a su encargado.
—¿Y qué dice Telaraña?, ¡debe de tener algún
plan alternativo! —gritó aún con menos resuello su superior a pesar de no
haberse movido ni un centímetro.
—Señor, la IA portátil arroja como única posibilidad de
control el despliegue de los muros virtuales de contención —respondió algo
aliviado tras consultar tembloroso su InCom
corporativo.
—¡Sí!, ¡los muros virtuales!
Un hilo de esperanza iluminó aquellos ojillos
de topo que ni la selección de embrión cuidadosamente realizada por sus
progenitores frente a una carta enorme de brillantes características genéticas,
ni la cirugía prenatal habían podido remediar. Desde su InCom ordenó el despliegue físico de los muros virtuales y aunque la
contención resultó relativamente rápida, las innumerables torpes carreras de
aquellos hombres de cuestionable forma física para conseguirlo, resultaron más
cómicas que heroicas. Afortunadamente, los únicos testigos eran aquel
impertinente y su acompañante, que se habían alejado algunos pasos aunque sin
perder detalle, y los ocupantes del coche híbrido que había desaparecido del
lugar a toda prisa cuando empezó el baile.
—Bueno, supongo que el informe que podré
descargar en mi InCom incluirá
detalladamente el motivo por el que sus arañas no estaban siendo controladas in situ —dijo Zach con toda la ironía de
la que era capaz mientras se acercaba al responsable del departamento.
—Usted recibirá el informe que deba recibir,
así que haga el favor de no decir más estupideces. No se lo repetiré otra vez.
¡Lárguense de aquí!
—¿Me tomas por tonto? Y si no me largo, ¿qué?
¡¿Qué?! —gritó Zach fuera de sí mientras situaba su cara a escasos centímetros
de la del hombrecillo gris y rojo y cerraba fuertemente el puño.
—¡Zach, por favor! —suplicó Patricia
sujetándole el brazo—. Si lo haces te
aliviará unos minutos, pero complicarás el resto de tu vida.
Zach aflojó la tensión de los músculos de su
brazo. Le siguió la mandíbula, y a continuación, el resto del cuerpo. El
responsable del departamento de Salubridad Orgánica comprendió que la mejor
opción era girarse despacio y alejarse con la mayor dignidad posible de aquel
descontrolado y violento personaje. Patricia y Zach le observaron en silencio
hasta que desapareció en el área de protección del laboratorio móvil.
—¿A qué ha venido todo eso? —inquirió
Patricia cuando los ánimos se hubieron calmado un poco.
—Aquí hay gato encerrado. Todo bot que pueda ser utilizado como arma,
debe ser controlado por una IA estacionaria cuyo rango de acción no exceda el
kilómetro. Así se evita que, de haber algún fallo de comunicación, hackeo o similar y esas bestias se
vuelvan locas como ahora, se pueda deshabilitar la IA por las malas si fuese
necesario. Pero está claro que la
IA local no era más que un mero repetidor. Alguien las estaba
controlando a distancia saltándose todas las normas de seguridad básicas. Y ese
alguien no puede ser un cualquiera. ¡Mierda, esto cada vez apunta más alto!
Sólo la brisa moviendo las hojas de uno de
los pocos árboles cercanos al Saint George que habían sobrevivido al incendio
rompía el frío y triste silencio. Zach lo
miraba fijamente mientras caía todo el peso de la historia sobre sus hombros.
Todo el peso de la humanidad. Un peso infinito. Entonces, algo llamó su
atención. Un trozo de sucedáneo de papel se balanceaba entre las ramas de aquel
árbol. “Volveremos a vernos”.
—De puta madre —gruñó Zach arrugando el papel
y lamentándose al aire—. Al más mínimo jaleo va y se larga dejándome aquí
tirado.
—Zach, deberíamos irnos y parece que ya no te
esperan. Quizás ahora podamos hablar con más calma —dijo Patricia mientras
posaba delicadamente la mano sobre la espalda de su hijo después de demasiado
tiempo.
El
Titiritero zarandeó impaciente con el pie de su nuevo cuerpo los de Sam y
Nicole que yacían en el suelo de aquella fría sala y comenzaban a moverse
levemente mientras recuperaban la consciencia.
—¡Vamos, vamos, vamos! ¡No es momento de
echar la siesta, angelitos!
Nicole fue la primera que consiguió abrir los
ojos y dirigir su mirada hacia la voz que les apremiaba. Su cuerpo reaccionó
instintivamente antes que su mente, que aún permanecía abotargada. La visión de
una Caroline parlante portando en brazos a otra Caroline cubierta únicamente
por una bata de médico y que sangraba profusamente, hizo que cada uno de sus
músculos se pusiera en guardia y de un salto se alejara tambaleándose un par de
metros. Sam, mientras tanto, logró incorporarse, pero no reaccionó. Se quedó
sentado con cara de póker mirando desapasionadamente aquel esperpento.
—¡Señor, qué mojigata! No hay por qué escandalizarse
tanto, seguro que aunque no recuerdes para qué sirven esas cosas, las tienes
parecidas —exclamó irónico el Titiritero haciendo alusión a la desnudez del
cuerpo clon de Caroline—, aunque no sé si igual de bien puestas que ella, ¿o
debería decir “nosotras”? Odio estos dilemas de personalidad.
Nicole lentamente empezó a arrastrarse hacia
Sam, que continuaba impasible.
—A estas alturas ya esperaba más preguntas
que balbuceos —les dijo el Titiritero paseando la mirada de uno a otro—. Aunque preferiría movimiento.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó al fin
Nicole mientras trataba de que Sam reaccionara.
—¡Pregunta equivocada! Más que nada porque
requiere una explicación larga y no podemos esperar más. Ni yo, ni esta pequeña
—contestó el Titiritero bajando la cabeza hacia la herida de Caroline—. Verás, guapa, la pregunta correcta es: ¿por dónde
se sale de aquí?
—¿Por qué?
—Porque no recuerdas nada de lo que acaba de
suceder y no tienes ni idea de lo que va a pasar si nos quedamos aquí de
cháchara. Pero dime una cosa, ¿qué dicen tus entrañas?, ¿qué te dice esa cosita
que nunca miente llamada corazón? Porque si necesitas más pruebas de las que
tienes delante de que aquí se está yendo todo al infierno, no sé qué más puedo
decirte.
El cambio de registro del Titiritero pareció
hacer mella en Nicole que, aunque aturdida, comenzaba a recuperar todos sus
sentidos y ahora abrazaba al impertérrito Sam. Durante unos eternos segundos el
silencio se hizo en la estancia y el Titiritero llegó a pensar que había ejecutado
aquella magnífica actuación para unos cuerpos móviles pero vacíos.
—Sam, arriba. Nos largamos de aquí. —Nicole
se levantó mientras le ayudaba a incorporarse.
El Titiritero no pudo evitar esbozar una
sonrisa maliciosa aunque tuviera problemas más acuciantes que amenazaban con
enterrarla. El principal, salir de allí cuanto antes.
—Padre, ¿qué tal te encuentras? —preguntó en
voz alta.
—La barrera de singularidad ha aguantado a
duras penas aislando este sector del Memory Shelter de los efectos del pulso
PEM. Por desgracia, casi todos mis sistemas primarios se han desincronizado.
—¿Y abreviando?
—Puedo hablar de milagro y no funciona
ninguna máquina de café de los alrededores.
—¿De qué me sirve eso? —frunció el ceño el Titiritero
mientras su mente tejía un plan para salir de allí.
—Podría contar chistes a los militares que os
están buscando.
—¿Militares? —preguntó Sam.
—Nicole, dile a don Balbuceos que se concentre
en caminar —saltó el Titiritero, dirigiéndose a la puerta de la habitación—. Voy
a tener que hacerlo todo yo. Dad gracias a que metí mis narices durante el
diseño de este sitio, e infecté a los arquitectos con el gusano de la paranoia.
Nicole tomó apresuradamente del brazo a Sam
dispuesta a seguir el camino que había tomado aquella extraña mujer. El sistema
de energía de emergencia habilitado en el Memory Shelter únicamente alcanzaba a
iluminar una línea tenue que señalaba el camino de salida óptimo para abandonar
el edificio, dejándolo sumido en una semioscuridad plagada de sombras
amenazantes. Cuando Nicole alcanzó a ver al Titiritero, se estaba adentrando en
la oscuridad del camino opuesto que marcaba el sistema.
—¡Hey! La salida es por el otro lado —exclamó
Nicole demasiado alto.
—La nuestra es por aquí —respondió el
Titiritero sin girarse mientras era devorado por la oscuridad.
Elena Pastor
Esto es una muestra. Podremos acabar de leer el capítulo en cuanto se publique la novela MEMORIAS DEL PORVENIR, que próximamente saldrá a la venta para recaudar fondos en beneficio de la Asociación Síndrome de Marfan, SIMA. Disculpa las molestias. Gracias por tu comprensión.
Gran capítulo Elena, hay un poquito de todo: acción, humor, misterio, sorpresas, crueldad... todo en su justa medida, sin cansar ni agobiar y desarrollando la trama, dando respuestas pero dejando incógnitas para que resuelvan los siguientes escritores. Te ha salido redondo, felicidades!!
ResponderEliminarLo mejor que he leído hasta ahora en Ilustratura. ¡Qué gozada de capítulo! Felicidades. Elena.
ResponderEliminarEs que no lo he leído. Literalmente, lo he visto. He visto las imágenes de todo lo que sucedía en cada momento, en cada lugar, a los personajes en plena acción...
Además, le has sabido pegar un buen tirón a la trama y has aportado situaciones, localizaciones y retos nuevos, a la par que has ligado muchos cabos sueltos de capítulos anteriores. También has recuperado algún que otro punto de interés que valía la pena sacar a relucir.
El tono de humor que le has imprimido al texto es genial y el ritmo tan trepidante que no he podido despegar la vista de la pantalla hasta terminar el capítulo. Me has dejado impaciente por leer el siguiente capítulo... y a eso se le llama "levantar la historia".
Gracias por tu aportación a la novela. Ha sido un placer leerte. Eres una gran creadora.
Mi capitulo favorito por ahora. Con mucha accion y al grano, como a mi me gusta.
ResponderEliminarElena, hasta hoy es que he leído la última versión del capítulo. Si ya me gustaba en sus versiones anteriores, ahora estoy más enganchado que nunca. Es un capítulo excelente con todas sus letras. Como han dicho los demás, tiene de todo y no le falta nada. Mi esposa dice que da la sensación de que el capítulo fuera más largo que los anteriores, pero no por lo pesada que se hace la lectura, sino por la cantidad de cosas que suceden en él. Ese es el efecto que genera una buena capacidad de síntesis para pasar de una escena a la otra diciendo lo justo y ofreciendo lo máximo. Muy muy buen capítulo.
ResponderEliminarUn capítulo valiente escrito, como no podía ser de otra forma, por una escritora valiente.
ResponderEliminarEl capítulo es valiente por lo ambicioso. Creo que es unánime, que todos pensamos igual que la esposa de Víctor, con aregelo a la cantidad de puntadas que da tu texto. Y es que ha sido un placer comprobar que ninguna de ellas va sin hilo.
La escritora, valiente también; pero mucho más aún que el capítulo. Por subirse a este tren en marcha cuando ya se había superado la velocidad de crucero. Y a valiente hay que anteponer y enfatizar lo de escritor. ESCRITORA (y conste, Elena, que odio escribir en mayúsculas, pero la ocasión lo merece) porque hay que ver lo bien escrito y estructurado que está el niño.
Es lo segundo que leo tuyo, Elena, y espero que no sea lo último. Enhorabuena.
Ha sido un placer disfrutar de tu capítulo, de tus excelentes dotes como escritora y de tu ingenio para seguir con la trama de la novela .Ofreces al lector unas escenas de una calidad narrativa y una intensidad que te sumergen en el capítulo y cuando sales al exterior te quedas con ganas de más. Y como Miguel Angel dice, también espero poder seguir disfrutar de tus escritos en un futuro. ¡Un abrazo y enhorabuena Elena!
ResponderEliminarMuy buen capítulo, estoy ansiosa porque las intrigas se hacen cada vez más interesantes. Felicidades Elena!
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