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"Cualquier tecnología suficientemente
avanzada es indistinguible de la magia”. Arthur C. Clarke.
Al final las
máquinas nunca fallaban, los errores siempre acababan siendo humanos. Eso era
lo que el doctor Stein les repetía una y otra vez: que había que estar alerta
tanto a la vigilancia de los internos como a los posibles problemas que
pudiesen llegar del exterior.
Para Erik Anderson eso era demasiado
vago e impreciso; nadie les decía qué diablos era lo que tenían que temer del
exterior. Y respecto a los internos, ¿qué daño podían hacer unos civiles,
ingresados como zombis a los que les fallaba la memoria? Aún así, siempre tenía
puestos los cinco sentidos cada vez que le tocaba turno de vigilancia. Nunca
había sucedido nada.
Hasta este momento.
Según podía ver por las entradas de
la tarde, el doctor Stein había ordenado a Madre que subiese el Santuario desde
la protección del Nido para realizar unas pruebas conjuntas a los durmientes.
Hasta ahí nada de especial. Pero cuando vio que las pequeñas luces que
brillaban en el Santuario eran rojas en vez de verdes, maldijo su mala suerte. Inmediatamente
tecleó un código para borrar los posibles ecos de señales falsas, mientras
rogaba que todo fuese una alucinación o un fallo del sistema, pero las
obstinadas luces seguían brillando en el sitio equivocado.
Cuatro, cinco minutos a lo sumo era el tiempo que había pasado desde el cambio de guardia. El tiempo justo en el que había comentado con Robinson la jornada de baloncesto del fin de semana. Los Salamanders no acababan de arrancar y el único culpable de esa debacle era el entrenador. Ahora podían irse a la mierda los Salamanders y el capullo de su entrenador. Tenían un problema de cien pares de cojones y sólo él era el responsable. Pedirían su cabeza. El sudor empapaba el cuello de su camisa. Madre informaba que un tal Sam Sheridan, persona no autorizada y, por si fuese poco, ajeno al MS, estaba en el lugar más equivocado del mundo, en el Santuario. Poco importaba cómo había llegado hasta allí. Era necesario corregir el error de forma inmediata.
Madre había actuado según el
protocolo y había activado la alarma silenciosa. Era un tema muy delicado
actuar en el Santuario. Sería necesaria la intervención del grupo especializado
para la extracción del intruso. La situación no podía demorarse más. Erik
gestionó inmediatamente el paso a Código Negro mientras se preguntaba por qué
demonios, con la cantidad de horas que tenía el día, había tenido que sucederle
aquello precisamente a él.
Al doctor Stein le faltaba el
aliento. Sentía que sus pulmones estaban a punto de reventar, pero no podía
permitirse desfallecer. Escuchaba el sonido desacompasado de sus pasos mientras
corría por los pasillos precedido por dos de sus hombres de seguridad. Código
Negro. Un intruso en el Santuario. ¿Cómo había podido llegar a suceder? Sólo
los miembros de personal con la más alta autorización podían entrar allí. Sería
necesario depurar responsabilidades. El culpable debería ser castigado de forma
ejemplar. Un error de ese calibre podría dar al traste con todo. Pero ahora eso
podía esperar; lo más importante era acabar con la amenaza.
Al entrar en la sala, Jan ordenó a
Madre que la iluminase por completo. Mientras recuperaba el resuello, sus ojos
se dirigieron con urgencia al lugar en el que descansaban los durmientes. No
parecía que hubiese daños. Miró su tecpad
y en la pantalla pudo ver con claridad la señal del hombre justo detrás de la
maquinaria en la que estaban encastrados los lechos. Jan avanzó tímidamente
mientras sus hombres se desplegaban a ambos lados para rodear al intruso.
Tenían que actuar con mucha cautela.
—Señor Sheridan, permítame que le
ayude. No se preocupe, no hay ningún problema. No queremos asustarle.
Sam escuchó la voz del doctor Stein
agazapado bajo las camas de cristal. Temblaba aterrorizado. La visión de los
tres cuerpos dispuestos sobre él lo había sobrecogido de tal forma que le
costaba controlar la respiración. Además estaba atrapado. La sala era muy
amplia, pero no había sitio donde esconderse y las malditas baldosas revelaban
su posición como la luz de un faro en la oscuridad. Asomó la cabeza y pudo ver
al doctor junto a dos hombres que intentaban rodearle. Su sexto sentido le
decía que no estaba bien lo que sucedía en aquella habitación y la presencia
del doctor indicaba que estaba al tanto de todo. Pensó que sería inútil seguir
escondido, así que se levantó. La luz que bañaba las mesas le daba el aspecto
de una estrella de rock.
—Apártese de las mesas, por favor,
señor Sheridan —dijo el doctor al verlo mientras tranquilizaba a sus hombres
con un gesto de la mano—. Deje que le ayudemos.
—Yo… Yo no quiero causar problemas,
sólo quiero salir de aquí. Les prometo que no diré nada.
—Bien, señor Sheridan. Todo eso está
muy bien, pero apártese de las mesas, por favor. No hay ningún problema
—insistió el doctor.
Sam estaba muy nervioso. "Todo
está bien" y "no hay problema" era justo lo que decían los malos
en los cómics que dibujaba, y nunca cumplían su palabra. Y ese tono amistoso no
casaba con la actitud de los dos hombres, que continuaban acercándose
lentamente hacia él. Sam se dio cuenta de que tenía que haber algo a su
alrededor demasiado valioso y delicado como para que no hubiesen optado por una
intervención inmediata. Dirigió la vista de nuevo a las mesas. Los tres cuerpos
estaban dispuestos como los radios de una rueda, con sus cabezas próximas al
centro. Al principio, y debido al resplandor que rodeaba la zona, no había
reparado en el fino haz de luz que descendía de la compleja maquinaria del
techo hasta una pequeña esfera iridiscente que flotaba a un palmo de los
cuerpos, justo en el centro del círculo. El haz atravesaba la esfera y se
dividía en tres delicados hilos luminosos que apuntaban a cada una de las
cabezas. Era hipnótico ver cómo la esfera cambiaba de color a cada instante.
Sam levantó la mano para tocarla.
—¡No toque eso! —gritó el doctor
Stein, presa del pánico, y al instante se arrepintió de haberlo hecho. Pero
cuando quiso dulcificar el tono de su voz ya era demasiado tarde.
Andrew Wilmore valoró la situación
tal y como le habían enseñado a hacerlo desde que había entrado en las fuerzas
especiales. "Una persona, un ejército", escuchaba a su voz interior
repetir el mantra con el que sus superiores lo habían entrenado, mientras no
dejaba de observar al intruso. La voz del doctor había conseguido distraer al
hombre y gracias a eso había logrado acercarse por su izquierda. Ahora lo tenía
a tiro. El uso de las armas de fuego estaba prohibido dentro del Santuario y
por eso las habían regulado solamente para aturdir. Eso sería suficiente para
inmovilizar al hombre y acabar con la amenaza. Andrew sabía que a esa distancia
era imposible que fallase. Era tal la tensión del momento que, cuando el doctor
gritó, sus músculos entrenados para reaccionar en décimas de segundo saltaron
como resortes y se movieron con vida propia. Andrew sacó su arma y apretó el
gatillo sin pensar, pero no tuvo tiempo para disfrutar del certero disparo. Un
instante después cayó al suelo, fulminado. Nunca llegó a saber qué lo había
alcanzado.
Para Sam todo sucedió muy rápido. El
grito del doctor lo despertó y su mano se cerró en torno a la esfera
provocándole un agradable cosquilleo. Por alguna razón había pensado que era
metálica, pero tenía un tacto suave y cálido como la piel de un bebé. En ese
momento los cuerpos en los lechos de luz suspiraron y sus espaldas se arquearon
como si unos hilos invisibles tirasen de ellos hacia arriba. El tiempo pareció
detenerse para Sam. En su cabeza comenzaron a dibujarse pequeños retazos de
imágenes que creía perdidas. Destellos de un pasado olvidado. La sorpresa no
impidió que, en un acto reflejo, levantase la mano para protegerse de la luz
que llegaba desde su izquierda. Después se desató el Apocalipsis.
Jan Stein vio cómo Sam se escapaba
bañado por las luces anaranjadas de emergencia. La sala estaba devastada. Eso
no era lo más importante porque se habían construido otras dos idénticas a esa
para prever situaciones de emergencia; lo realmente preocupante era cómo había
sucedido todo. Su intención a la hora de detener a Sam había sido la de evitar
que el hombre pudiese interferir en el proceso. Jamás habría podido sospechar
la reacción del dispositivo a su contacto. La esfera había protegido a Sam y
había repelido el ataque, magnificando la intensidad del disparo y destruyendo
el delicado equipo de la sala con un pulso de energía que los había atravesado
a todos, pero que sólo había abatido a los dos guardias. Quizás porque eran los
únicos que suponían una amenaza. El aire olía a ozono y el doctor Stein todavía
tenía el vello erizado. Los detectores del suelo se iluminaban aleatoriamente
en una alocada danza sin sentido. Madre comenzó a enumerar la interminable
lista de fallos en todos los sistemas a los que había afectado la sobrecarga.
El cerebro del doctor comenzó a
valorar las pérdidas y a buscar posibles soluciones. Aquel hombre se había
llevado la esfera y sin ella no podía continuar con la maduración de los
durmientes porque los parámetros necesarios para ello estaban programados en el
dispositivo. Quizás podría calibrar otra, pero el riesgo de hacerlo en un
proceso que ya estaba en marcha era enorme. Cada esfera podía controlar un número
indeterminado de embriones, pero una vez que se vinculaba a ellos era necesario
mantener esa relación hasta el final. Era la única llave que encajaba en esas
cerraduras.
Cuando el fallo en los sistemas alcanzó un
nivel crítico, Madre declaró con su voz átona el estado de emergencia Prior
Uno, por el que se suspendía la actividad de todos los sistemas con el fin de
desviar el máximo de energía a los lechos de los durmientes.
La doctora Bradley entró en la sala.
—¡Dios mío! —gritó asustada al ver
la magnitud del desastre.
—Dios no tiene nada que ver con esto
—respondió Jan Stein con un deje de rabia—. Madre, hiberna a los durmientes,
por favor. Sin la esfera de memoria el proceso de aprendizaje se ha
interrumpido y la desconexión podría matarlos. Están casi maduros, pero sus
cuerpos todavía no saben cómo despertar y no serían capaces de sobrevivir de
forma autónoma. ¿Cómo está el Nido? —preguntó el doctor con la vista fija en
los cuerpos.
La mujer consultó su tecpad.
—Los niveles inferiores están
blindados y han aguantado la descarga. El resto de embriones está bien. Incluso
las constantes vitales de los durmientes se han mantenido dentro de unos
límites tolerables. Pero hay algo más —continuó la doctora, y su voz denotaba
extrañeza—. Control informa de que el pulso de energía también portaba algún
tipo de información.
—¿Qué clase de información?
—Algo parecido a un virus se
introdujo en el sistema. Madre y Control están tratando de eliminarlo en este
momento.
—¡Alto, Madre! ¡Cancela la orden de
eliminar! —dijo el doctor con urgencia—. Sea lo que sea, necesito que lo aísles.
Es preciso estudiarlo. Podría ser una forma de comunicación…
—Muy bien, doctor Stein —respondió
Madre, y el doctor creyó distinguir una pequeña oscilación en el tono de su
voz.
—Doctor, ahora mismo estamos ciegos
y sordos —continuó la doctora con la vista fija en la pantalla—. Los sistemas
de vigilancia no volverán a funcionar con normalidad hasta que Madre controle
el virus invasor. Es necesario que dé la orden a Seguridad de perseguir al
intruso.
—¡No! —La mirada que le dirigió Jan
Stein era dura—. La esfera es demasiado valiosa como para confiar su destino al
escaso juicio de más orangutanes armados. —El doctor señaló a los dos hombres
tendidos inertes en el suelo—. Si nuestras teorías están en lo cierto, ahora la
esfera y ese hombre están conectados por un proceso simbiótico. Aunque no me
importe lo que le suceda a Sam, dañar a uno podría significar destruir al otro.
Y no podemos permitirnos perder la esfera a estas alturas del proyecto. Sin que
ningún tipo de energía la alimente, estoy seguro de que la esfera acabará por
apagarse.
—¿Cómo puede haber sucedido esto? En
los experimentos nunca alcanzamos a ver nada igual… Se supone que nuestros
mejores cerebros habían probado antes esta tecnología.
—Parece ser que Sam ha despertado
algo en ese maravilloso dispositivo que, hasta ahora, se nos había pasado por
alto. Si le diésemos la herramienta multiusos más sofisticada del universo a un
mono —dijo el hombre con la vista perdida en la sala arrasada—, lo más probable
sería que jamás fuese capaz de accionar los resortes adecuados para hacer uso
de ella. —Jan miró a los ojos de la mujer antes de continuar—. Doctora Allison,
tenemos que asumir que sólo somos monos intentando entender la magia que hacen
esas máquinas y que ahora han llegado sus ingenieros para reclamarlas. Lo único
que nos da un poco de ventaja es que, de momento, todavía no se reconocen como
tales.
—¿Y qué vamos a hacer? No podemos
rendirnos ahora que estamos tan cerca del objetivo.
—En primer lugar ordene que Madre
baje el Santuario hasta el Nido. Después selle el edificio y ordene a todos los
hombres que localicen a nuestro invitado, pero que no intenten enfrentarse a
él. Más pronto que tarde acabará por rendirse.
Nicole odiaba la forma en la que el
gel del tanque de PS se quedaba pegado al pelo. Después de la terapia de
inmersión, cuyo fin era anular los sentidos de los pacientes para aislarlos y
hacerlos más receptivos al tratamiento, la mujer se había duchado dos veces,
pero todavía sentía que el olor, demasiado dulce, impregnaba cada poro de su
piel.
En ese momento los doctores dieron
por concluida la última reunión del día, en la que les habían hablado de
progresos en forma de cifras y porcentajes. Todavía estaban ocupados
discutiendo las lecturas de la función sináptica del cerebro de Caroline, pero
eso ya no iba con ella, así que se levantó dispuesta a abandonar la sala.
De repente las luces temblaron
durante un instante y todos los doctores prestaron atención a sus tecpads. Nicole no podía saber qué era
lo que pasaba pero, a juzgar por los cambios en sus rostros, debía de ser
importante.
Randolph Tallard, el doctor de mayor
rango entre los presentes, se dirigió a ellos con urgencia y cierto nerviosismo:
—Nicole, Robert, hay un problema con
el sistema de alimentación de energía del edificio. Es muy importante que
vayáis a vuestras habitaciones y permanezcáis en ellas hasta nuevo aviso. Helen
—le dijo a una de las enfermeras—, acompaña a Caroline a la suya, por favor.
Era la primera vez que sucedía algo
parecido. Nicole reparó en que las baldosas bajo sus pies no estaban iluminadas
con el típico color verde.
Los doctores se fueron con rapidez y
les dejaron solos. Nicole no estaba dispuesta a darle más importancia al asunto
de la que tenía y se disponía a dirigirse a su habitación cuando Robert la
interceptó.
—¿Podemos hablar? —le preguntó
mientras miraba nerviosamente a uno y otro lado.
Nicole se sobresaltó. Desde que le
conocía nunca había sido él quien había iniciado una conversación. Al principio
había clasificado a Robert como a una persona derrotada por los primeros
síntomas de la enfermedad. Un hombre sin esperanza. Poco tiempo después, cuando
conoció sus circunstancias personales, cambió el concepto que tenía de él. De
hecho, Nicole había luchado, en más de una ocasión, con su carácter de mujer
introvertida para intentar acercamientos un poco más personales, pero casi
siempre habían acabado de la misma forma: con alguna educada disculpa por parte
del hombre.
—Por supuesto, Robert.
—Aquí no. Vayamos a otro sitio, por
favor. A tu habitación, si no te parece mal. —Y la tomó del brazo de una forma
un poco brusca.
Esto es una muestra. Podremos acabar de leer el capítulo en cuanto se publique la novela MEMORIAS DEL PORVENIR, que próximamente saldrá a la venta para recaudar fondos en beneficio de la Asociación Síndrome de Marfan, SIMA. Disculpa las molestias. Gracias por tu comprensión.
Roberto, queremos agradecerte tu esfuerzo, no sólo en la realización capítulo, sino en el que has hecho para dejarlo en poco menos de 10000 palabras. Sabemos que si por ti fuera hubieras escrito 20000 o la novela entera. Ahora en serio, gracias por este regalazo que nos has hecho, una gran continuación para la novela, y gracias también por estar dispuesto a colaborar en la revisión de la trama, has salido ileso de ella. El Gran Hermano ha dejado de vigilarte. Enhorabuena por tu trabajo.
ResponderEliminarY por supuesto gracias también a David Gambero, Víctor Mosqueda, Mariola Díaz-Cano y Elsa Martínez, nuestros revisores de trama y correctoras.
EliminarHa sido todo un placer, amigo Ilustratura. Siento que, acompañado por profesionales como vosotros, he crecido un palmo como escritor. Y eso siempre merece la pena.
Eliminar¡Gran segundo capitulazo, y Montse se lo había puesto difícil, eh? Enhorabuena, Roberto, o eres Robert II ;-)? La verdad es que he disfrutado leyéndolo, mantienes muy bien la continuidad pero con tu propio estilo, y la tensión y la intriga también! ¿De verdad hubieras sido capaz de escribir 20.000 palabras en vezde 10.000 ? Qué poderío...Un abrazo,S.
ResponderEliminarHola, Susana. Gracias por los halagos. Lo de las 20.000 palabras no tiene mérito. Montse me lo había puesto muy difícil, y muy fácil... Quién no echaría a volar su imaginación con esa gran introducción. Lo diré una y mil veces, lo más complicado de esta aventura es comenzarla, y no me hubiese gustado estar en su piel. Después de que ella diese el primer paso, me imagino que cualquiera de los otros once escritores hubiese podido escribir 20.000 palabras... ¿Verdad, David Gamber?
EliminarIM-PAC-TAN-TE. Este es un capítulo de antología para el género; como ya había dicho antes. Hay un cúmulo de valores positivos tan amplio, que de seguro me perdería nombrándolos como Sam dentro del Memory Shelter. Pero te digo lo que más me ha gustado de tu trabajo. 1. Los diálogos son atrapantes y muy dinámicos. Casi esperaba que llegara el momento en que los personajes hablaran entre ellos. 2. El sueño de Nicole me parece precioso y espantoso a partes iguales, y es descrito con un lenguaje tan depurado, que te sientes allí. 3. El mundo que has creado fuera del Memory Shelter, con esas casas funcionando con baterías, perros mecánicos, árboles CoDos, suburbios subterráneos, hackers que parecen mitad máquina, mitad humanos, etc. La verdad, antes de incursionar en el mundo exterior, quizás no parecía necesario que la trama saliera del Memory Shelter. Pero después de la inclusión de un escenario como este, es como para tentarse por darle otro vistazo. Y 4 (para detenerme) la inteligencia con que has plantado los enigmas y las bases para los siguientes escritores.
ResponderEliminarUn verdadero orgullo formar parte de este proyecto de novela ilustrada. Ya quiero que llegue mi turno de escribir.
De antología es vuestra forma de hacer las cosas, Víctor. Me ha encantado compartir teorías e ideas con vosotros. Ha sido vuestro elevado nivel de exigencia el que ha hecho que este capítulo esté a la altura que está. Para mi ha sido un auténtico reto intentar satisfacer cada una de vuestras lógicas demandas (después de la primera corrección le dimos un giro al capítulo que me costó más idear que poner por escrito), y eso ha enriquecido la historia de forma notable. Un saludo, Víctor, tengo unas ganas enormes de leer vuestros capítulos.
EliminarPues, gracias a ti por valorar eso. Pero, te puedo decir que en el tiempo que llevo trabajando como corrector, que no es mucho, pero incluye unos cuantos textos y autores diversos, no había trabajado con personas como Montse y como tú, tan dispuestos a escuchar las recomendaciones, pero sobre todo tan prestos a transformar el texto, sin restarle (sino quizás todo lo contrario) ni una pizca de personalidad.
EliminarGran capítulo Roberto!
ResponderEliminarEstoy empezando a apreciar este género con estos dos capítulos. Es un capítulo largo pero engancha y te deja con ganas de más. Si Montse nos dejó con la intriga de qué pasaría al abrirse la puerta, ahora vas tú y nos dejas con el nuevo Robert recién "nacido".
Ah! Y los guiños a Tintín, Sinatra, Montse Augé... Muy bueno!
Si puedo, y la aventura lo permite, soy muy de hacer guiños a todas esas cosas que dejaron huella en mi. Mientras no me demanden... Gracias, Natalia, por dejar tu opinión.
EliminarEn verdad os digo ...;) que el orgullo es mío. Estoy muy satisfecho de cómo nos quedó todo SI TENEMOS EN CUENTA EL PEQUEÑO MARGEN DE PALABRAS QUE ME DEJASTEIS PARA DESARROLLAR LA HISTORIA!!! (tranquilo, Tico, que es broma...;D).
ResponderEliminarMe gustaría dar las más sinceras gracias a todos aquellos que me apoyaron y empujaron para llegar hasta donde hemos llegado: a Montse, por sentar las difíciles bases de esta historia, a las veloces e infatigables Elsa y Mariola (prometo no mandarte más SOS con ocurrencias de última hora, Mariola), a los implacables David y Víctor (que no dejan pasar una, y así es como tiene que ser), a Tico (el nervioso tío de la vara), a nuestra mujer en la sombra, Natalia, y seguro que se me queda alguien más por ahí...
La mejor forma de saber que estás entre profesionales es que te quede cara de tonto sorprendido cuando recibes el texto de vuelta con las acertadas apreciaciones de cada uno de ellos. Y aquí, señores continuadores, que sepan que están en las manos de unos profesionales absolutamente comprometidos.
Larga vida a Ilustratura...
Hombre, en ilustratura soy algo más que el tío de la vara, digo yo. No son nervios Roberto, sino normas y plazos que cumplir, empezando por EL NÚMERO DE PALABRAS. Si no os hubiera dado aquel toque aún estaríamos en pleno proceso al ritmo que ibais.
EliminarTú sabes que te quiero...;D
EliminarSi no fuese por ti, buenos íbamos todos, que ya sabes que sólo soy una cabra en estado permanente de escasa lucidez mental que siempre tira pal monte.
Arrieros somos y en el monte nos encontraremos!!
EliminarHay mucho monte en el que perderse, Tico, pero seguro que nos encontramos, porque "Dios los cría y ellos se juntan". ;D
Eliminar-Hola Robert, menudo giro le has dado a la historia. Has introducido ese preciado objeto, la esfera, ya me imagino el juego que va a dar, incluso ya tengo título para la novela: En busca de la esfera perdida.
ResponderEliminarLa verdad, es que tu capítulo es muy sugerente para un ilustrador, cada escena me la imaginaba para ilustrarla, pero como es el turno de Marta se lo dejaré a ella. Como dice Víctor, ese mundo nuevo exterior es muy bueno, lleno de “adornos” de un futuro de ciencia ficción: Ariadna, Milú con su Strangers in the night (qué buen aporte), etc. Y dentro del MS, Madre, Nido, los durmientes, etc. ¡qué imaginación!.
Has continuado la historia de Montse de manera brillante y el final… ¡menudo final! Vaya sorpresa, no desvelaré nada pero me ha sorprendido y también me ha gustado.
Y con una narración fluida, de lectura ágil. Enhorabuena por este trabajazo aunque me deje cosas por decir.
Lo que más me aterra de esta novela es que el 2025 está a la vuelta de la esquina.
Lo mejor no llega cuando le pones el punto final a la historia, lo mejor es cuando lees el feedback de los lectores y te das cuenta con orgullo que has conseguido lo que pretendías, ENTRETENER y, en lo que respecta a nuestra aventura, mantener excelente nivel de la semilla que plantó Montse. Gracias por todo, Tico.
EliminarQuerido Robert, es un placer y todo un honor ser compañero tuyo es este estupendo proyecto. Has realizado un trabajo magistral, te mueves con una soltura envidiable en el género de la ciencia ficción. Has mezclado con una gran maestría los ingredientes de mi capítulo consiguiendo un plato exquisito que deja realmente un sabor de boca estupendo . El final increíble...Eres sin duda un escritor con mayúsculas y un gran profesional.¡Un abrazo y enhorabuena!Bs!!!
ResponderEliminarSe me olvidaba, mil gracias por incluirme en tu capítulo....me has inmortalizado!!!Ha sido todo un detalle.
Es verdad, otro detalle que me olvidaba, ¡¡y tan importante!! Roberto le has dado nombre a la enfermedad, al síndrome y además con un guiño a nuestra querida Montse ;) Qué bueno!
EliminarEsa era la crítica que estaba esperando, Montse, LA TUYA. Porque lo más importante de todo es que quien va antes que tú diga que le gusta cómo lo has continuado. Me alegra que me digas que estoy en la misma senda que marcaste. En cuanto al detalle, yo tan sólo correspondo al tuyo de dar mi nombre a un borrachín al que lo abandona su familia ;D. Creo que es justo relacionarte con la peor enfermedad a la que tendremos que enfrentarnos en el 2025. Algo que cambiará para siempre el destino de la humanidad...
Eliminar¡Un beso enorme, chicos!
Wuauu!! Esta historia está quedando genial! Ya me quedé con ganas de más al leer el primer capítulo de Montse pero ahora llegas tú Roberto y recreas todo un escenario lleno de nuevas intrigas, personajes nuevos que tengo muchas ganas de ver cómo van abriéndose camino en esta trama. La verdad, coincido con Tico, para un ilustrador, cada párrafo se hace escena, se dan tantas posibilidades. Mis sinceras felicitaciones porque es un lujazo ver cosas así ^^.
ResponderEliminarUno de los piropos más grandes que te puede echar un ilustrador, es decirte que se imagina cienes y cienes de escenas. Muchas gracias, Verónica.
EliminarRoberto, fantástico. No hay más que añadir. Todos los demás han hecho un trabajo de revisión y crítica estupendo también. Hay muchos hilos de los que ir tirando. Así que nada, a ponerlos las pilas y darle al coco para cuando llegue el amado ROBERT recién nacido a nuestro regazo podamos ser unos padres amorosos que le ayuden a crecer sano y salvo.
ResponderEliminarQué imaginación, ¡hermoso!
* Hermoso se dice mucho en Toledo con todo el cariño del mundo.
Gracias, Olga. Tengo unas ganas terribles de ver la continuación de la historia. Como padre comprometido que soy de la criatura, quiero ver qué le hacéis a nuestro Robert ;D.
EliminarPD: ¡Menos mal que me pones la traducción de "hermoso", porque ya me estaba poniendo nervioso...! ;D
Buf, no sé ni por dónde empezar mi comentario... Bueno, sí, lo primero es lo primero: ¡¡¡enhorabuena, Roberto!!! Tu capítulo me ha dejado totalmente impresionada. De verdad que no sé cómo expresar todas las sensaciones que me ha provocado. Montse había dejado el listón altísimo pero eso no ha sido problema para ti. Has echado mano de la imaginación y has ampliado el particular universo creado por Montse, has extendido la trama y la has sacado al exterior, has introducido nuevos misterios, has presentado a personajes jugosos (soy fan de Horatio desde ya)...
ResponderEliminarComo lectora, hubiera seguido leyendo hasta el infinito, lo mismo que me pasó con el capítulo de Montse. Como compañera capitulera, tengo mis dudas: no sé si quitarme el sombrero, hacer la ola o ponerte un piso; uno a ti y otro a Montse. ¡Vaya dos maestros!
En serio, creo que el proyecto está tomando un nivelazo que asusta: cuando me toque el turno, sé que voy a sudar tinta para intentar estar a la altura... Pero por otro lado tengo ganas de vivir la experiencia para compartir trabajo con el equipo de revisión. Tal como lo describís, y visto el fantástico resultado, ¡tiene que ser una experiencia única! Por cierto, ¡felicidades a todo el equipo también!
Qué ganas de que den las campanadas de una vez, para poder seguir leyendo...
¡Qué va!, ¡qué va! Ese susto de mariposillas en el esófago también lo tenía yo, Chus. Lo típico de los actores entre bambalinas. Pero, afortunadamente, estamos bien adiestrados y nuestros dedos se mueven solos al compás de este defecto de fábrica que es nuestra imaginación... En cuanto te pongas, saldrá solo.
EliminarInteresante simbiosis con la esfera, que parece no ser fabricada por humanos, para obtener los efectos deseados, y saber cómo o qué piensa ahora tu interlocutor, ¡es mágico! A falta de esfera bueno es el diario para Sam como ayuda a su memoria de pez.
ResponderEliminarCuando el doctor Stein refiere que “nuestros mejores cerebros” ya habían probado antes esta tecnología
a la vez se dices más adelante que los inquilinos del MS son la primera oleada de algo que amenaza a la humanidad. ¿A cuáles refiere el título de mejores cerebros, y cuáles son los ingenieros que han llegado a reclamar sus máquinas, según el mismo Dr. Stein? Me suena algo extraterrestre, pero puedo equivocarme.
Manipulación de la mente para aplicar su poder en propósitos desconocidos hasta esta parte del relato. Quizá inserten un chip en las mentes de los durmientes, usando para su provecho la vida y datos que conocen en detalle de cada individuo y que explotan para re-crearlos, re-programarlos y manejarlos a su antojo.
Recuperar imágenes de recuerdos contados a los del MS, más no recordar por sí mismos, son efectos nocivos de las que en MS llaman terapias y pastillas, lo que provoca que a Robert lo asalte la duda de si experimentan drogas con ellos, que sumado al aislamiento y la incomunicación hacen mella en su ser y los ha llevado a tal vulnerabilidad mental que se vuelven costosos para el Sistema de Salud. Más aún Robert se lamenta de que lo que sentía en su corazón, ya no esta, de modo que ni siente ni recuerda. Nicole está menos pesimista, piensa que todo es cuestión de tiempo, y efectos secundarios ya advertidos.
La aparición en escena de ZACH y Horatio con su plan conjunto, ya hace parte de la intriga de lo que vendrá... de todo lo que se está silenciando. ¿Será que Robert es clonado? Y Roberto, van mis felicitaciones pues sigues manteniendo en vilo a todos.
¡Bien! y otra vez ¡bien! Me alegro mucho de que te haya gustado. Tu párrafo es una excelente sinopsis del capítulo y, si yo fuese un lector que estuviese interesado en el libro, tendría hambre de más gracias a todas las razonadas cuestiones que planteas. No puedo desvelar nada de la trama (;D) pero, aunque lo hiciese, ten en cuenta que podría no ser más que "polvo en el viento" después de la intervención de mi siguiente compañera. Lo hermoso de este proyecto es que tan sólo somos unos cuantos escritores tocando "jazz" al compás que nos marcan los anteriores capítulos y los rectores de Ilustratura, y estoy tan ansioso como vosotros por conocer cómo continuará la historia...
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