“Quis custodiet ipso
custodes?” (¿Quién vigila a los vigilantes?). Juvenal
Ver es recordar. Esa frase
la tenía grabada en su memoria desde su más tierna infancia. Su abuela la
repetía una y otra vez y ella jamás se había cuestionado la veracidad de la
misma, hasta que comenzó a trabajar en la planta de autopsias y discriminación
de restos orgánicos del Memorial Union Institute.
El turno de noche no era
el mejor. Habitualmente tenía más trabajo que el diurno. Es lo que tenía la
muerte, era caprichosa y le gustaba hacer sus visitas cuando los hombres
estaban desprevenidos. Esa también era una frase de su abuela. Últimamente
pensaba mucho en ella. Un escalofrío le recorrió la espalda. “Piensas demasiado
en la abuela, Patricia, ¿no será que te está llamando a su lado? ¡Tonterías!”,
se dijo. Y volvió a la cómoda lectura de su RNA
holograf, que incluía de regalo más de mil títulos de novelas románticas,
sus preferidas. ¡Adoraba ese aparato! desde que aparecieron en el mercado era
una auténtica adicta a él, reconocía su voz y pasaba de página con un golpe de
vista.
No era el mejor turno pero sí el más solitario. A veces hasta podía permitirse el lujo de dar una cabezadita sin que nadie la viera, mientras esperaba que sonase el timbre que anunciaba un nuevo inquilino. Apenas quedaba nadie en el edificio. Los guardas de seguridad y su jefe. Y había noches en las que ni siquiera él se presentaba. “Patricia, esta noche estarás sola con tus amigos”, podía escuchar su risita contenida e irónica. Sí, su jefe se burlaba de ella. Y ella lo sabía, pero disimulaba. Le gustaba su trabajo y aguantarlo a él era un mal menor. ¿Se reía de ella? sí, se reía. Lo hacía desde el día en que la descubrió hablándole a un joven que acababan de llevarle; muerto a causa de un disparo en la cabeza. “¡No puedo creerlo! ¿hablas a los muertos?” No podía evitarlo, sería la edad o la educación que había recibido en su familia, pero se negaba a admitir que en aquella máquina, que ella maneja a la perfección, todo terminase. Que no hubiese nada más allá. Eran ya pocos los que mantenían esas creencias o al menos los que reconocían tenerlas. Atrás quedaron los viejos cementerios a los que la gente acudía a visitar a sus difuntos. Había sido una de las normativas más polémicas de los últimos años, pero con la generalización de los códigos QR que permitían acceder a los cementerios virtuales en 3D, donde se podía hasta depositar flores virtuales y que, en un principio, se situaron en las tumbas reales para tener acceso a la imagen de la misma desde cualquier smartphone, y después se extendieron en el uso de las lápidas “inteligentes” y las tumbas interactivas, visitables desde la web y con acceso desde cualquier tecpad, los cementerios tradicionales habían ido cayendo en desuso, perdiendo rentabilidad. En pocos años los ciudadanos parecían haberse acomodado a la idea de que la muerte era el fin del contacto con el ser querido, que aquellos que podían permitírselo mantuvieran los recordatorios en la web y habían aceptado, en aras de la salubridad, que la muerte era el final. No para ella.
Para Patricia Wilson Chaves
las doce horas al día que dedicaba a su trabajo eran una bendición. A sus
cincuenta y cinco años se vanagloriaba de haber visto de todo en los puestos
que había desempeñado, primero como auxiliar de la oficina forense y en los
últimos diez años como encargada en la planta de eliminación de desechos
humanos. Ver es recordar. Sí, los recordaría. No los conocía, con suerte eran
un nombre o un número, pero ella los recibía, los acompañaba hasta su último
momento en este mundo y los despedía, ya que nadie más podía hacerlo. ¿Sería
capaz de recordarlos solo por haberlos visto un instante? Sí, lo era. Durante
mucho tiempo se había jactado de ello. Pero con los años, su memoria comenzaba
a flaquear y, por eso, había decidido hacer su particular museo de recuerdos.
Por supuesto, a escondidas de su jefe y de todo el mundo. No es que tuviese una
amplia vida social, casi nadie la tenía ya, pero nunca se le ocurriría contarles
a sus amigas ese íntimo secreto. Recogía un recuerdo de aquellos que
previamente comprobaba que no contarían con ningún QR virtual, ni con lápida
inteligente: un mechón de pelo, una uña, un trocito de tela… y los guardaba con
mimo en una de las cajitas de pruebas con las que cargaba a diario la máquina
de autopsias. Era una noche tranquila, había recibido solo dos cadáveres y, por
suerte ninguno de ellos había sido reclamado por la familia, ni contaba con una
reserva previa de QR, por ello dos cajitas estaban en el fondo de su bolso:
Mery Lee y Fernando Espinosa. Nadie les recordaría, ella sí. Era su particular
forma de vengar esas imposiciones del estado con las que nunca había estado
conforme. Esperaba conseguir alguna más que engrosase el “pequeño cementerio”
de su casa; no porque le desease la muerte a nadie, sino porque deseaba
compañía. La compañía de esos "amigos” que escuchaban sin rechistar y que la
hacían sentirse menos sola.
Sola. Así es como se
encontraba desde que murió su marido y sus dos hijos se marcharon a la universidad.
Desde entonces había días en los que apenas cruzaba una palabra con nadie.
Algún “buenos días” o “buenas noches” si tenía la suerte de encontrarse un
vecino en la entrada al bloque de apartamentos, o un par de frases con su jefe
que fueran más allá del mero trabajo. Nada más.
No era el mejor turno,
pero a ella le gustaba.
Zach se encontraba en el
sueño más profundo cuando la cálida voz de Ariadna invadió su mente y atravesó
la delgada línea entre sueño y realidad. Adormilado, alargó la mano con la
intención de apagar el despertador, sin recordar que ya no lo usaba desde que
Ariadna entró en su vida. A tientas lo único que logró fue golpear el InCom —que
había dejado cargando en la mesilla por si a Horatio se le ocurría llamarlo con
alguna noticia de sus avances— y dar con él en el suelo.
Cuando intentó tirar del cable para recuperarlo, golpeó el vaso de agua que
cada noche situaba a su lado para no tener que levantarse hasta el dispensador y
fue el sonido del cristal rompiéndose contra el suelo lo que logró espabilarle
definitivamente.
—¡Me
cago en todos mis muertos!
El InCom emitió un suave pitido y la pantalla se encendió para, al
instante, apagarse de nuevo. Intentó hacerse con él, pero se le escurrió de las
manos por culpa del agua que lo empapaba y terminó cayéndose debajo de la cama.
Mal empezaba el día. Fastidiado, recogió el aparato con rapidez y lo secó en
las sábanas. Se apresuró a encenderlo, mientras murmuraba palabras de ánimo.
“Vamos, bonito, no me falles ahora”. Fueron en balde. Había muerto. Miró al
techo contrariado, se sentó en la cama y resopló.
—¿Qué hora es, Ariadna?
—Las cuatro y media.
—¿Las cuatro y media? Te
dije…
—Que te despertara a las
seis y media, yo nunca olvido.
—¿Y porqué carajo…?
—Te noto enfadado.
—¡Mi InCom se ha hecho añicos y me has despertado cuando estaba a punto
de ligar con una tía cañón! ¡Para una vez que tengo un sueño agradable!
—Los sueños son ilusiones
que solo sirven para frustrar a quienes ponen esperanzas en ellos y…
—¡No son horas de una de
tus lecciones filosóficas! ¿Por qué me has despertado?
—Alguien ha intentado
contactar conmigo.
—¿Contigo? ¿Cómo? ¿Quién?
—No alcanzo a comprender
cómo, no debería ser posible, pero lo ha sido. La señal es débil y mis sensores
no detectan su procedencia exacta.
—¿Qué detectan?
—Debe ser un error. Según
mis datos la señal procede del Olimpo.
—¿El Olimpo? ¿Qué coño es
eso?
—Según consta en mis
archivos es un Monte de Grecia.
—¿Grecia? ¿Grecia?... ¡Horatio!
¡Tenía que ser él! Recordó
el día en el que le confesó su deseo de tomarse unas vacaciones por toda
Europa. Seguro que había intentado comunicarse con él intentado camuflar la
procedencia de su señal. Estaba convencido de que habría logrado su objetivo y habría
penetrado en el infranqueable sistema del Memory Shelter. Se levantó de un salto
rápido y ágil, se vistió a la carrera desoyendo los consejos de Ariadna sobre
la temperatura exterior y la previsión del día. No tenía tiempo de pararse a
coger ropa de abrigo. Ni siquiera se detuvo a regalar uno de sus golpecitos en
la cabeza de Milú, que había salido de su fingido letargo y corría tras él
hacia la puerta. La cerró con un sonoro golpe justo en el momento en que
recordaba no haber recogido la tarjeta del móvil.
—¡Qué coño me pasa hoy! ¡Vaya
inicio de día!
Esperaba que no fuera un
mal presagio. Nunca había creído en esas supercherías pero su experiencia le
decía que, en ocasiones, todo parecía aliarse para que las cosas no salieran
como esperaba. Colocó la mano en el lector mientras pronunciaba su nombre.
—Zacharías Sheridan
Rodrigues.
Nicole era
incapaz de conciliar el sueño esa noche. El fallo generalizado del sistema
había interrumpido la ventilación y había generado un insoportable calor en las
habitaciones, desprovistas de ventanas; eso es lo que se había dicho la primera
noche que el calor le impidió dormir. Pero, tras esa, había venido alguna más y
no podía achacar al fallo del sistema sus problemas con el sueño. Todo
funcionaba como de costumbre, sin embargo, ella seguía experimentando esa impresión
térmica asfixiante. La sensación de calor no era la única que la mantenía en
vela. La ausencia de Robert en el comedor la inquietaba y su encuentro con el
nuevo paciente, Sam, la tenía preocupada y alterada. Allí sucedía algo que se
escapaba a su comprensión y memoria. Ese era el problema, su memoria.
Intentaba
practicar con su mente ejercicios mnemotécnicos para no olvidar nada de lo que
había hablado con los dos. Un sexto sentido, ese que nunca la había abandonado
a lo largo de su vida, le decía que era de vital importancia no dejarse caer en
la tranquilidad de su mente en blanco y fijar todas aquellas horas con todos y
cada uno de los acontecimientos. Cada
vez le costaba más trabajo hacerlo. Se suponía que estaban allí para fijar los
recuerdos y no perderlos, pero en los últimos días comenzaba a sospechar que
eso no era del todo cierto.
Permanecía, echada
en la cama, desprendida de casi toda su ropa para paliar ese calor interno —que
sabía no debía sentir pero que lo sentía— y con la mirada perdida en una de las
pantallas que hacían la función de ventana. Ella había escogido la imagen
nocturna que ahora observaba: un pequeño trocito de cielo, visto desde el
ventanuco de su diminuto apartamento, delimitado por las azoteas de los dos
gigantes bloques de pisos que lo flaqueaban. Desde que la dejaron seleccionar
esa imagen, no había podido verla, pero hacía tres noches que le permitían
hacerlo. Cualquier otra hubiese optado por una vista más placentera, por la
vista de sus sueños; una inmensa luna llena circundada de luminosas estrellas o
un jardín tranquilo y lleno de color, pero no ella.
Mientras
observa su elección, no dejaba de pensar en la última vez que vio a Robert, en
lo nervioso que se mostró, y se arrepentía de no haberlo escuchado. Y luego
estaba Sam. Parecía otro. Los dos habían cambiado, ¿o quizás era ella la que
veía todo con otros ojos? Lo había estado evitando desde que él se lo entregó. No
alcanzaba a comprender cómo no había olvidado dónde lo guardó. Pero lo cierto
es que lo recordaba perfectamente y sin esfuerzo alguno. ¿Sería producto de
esos ejercicios mentales que se esforzaba en hacer? La doctora Bradley le había
asegurado que no tenía nada que ver.
—Nicole, no
es necesario que practiques. Debes dejar descansar tu mente para que la
medicación y el tratamiento surtan su efecto.
—Pero desde
que me empeño en no olvidar creo que voy mejorando.
—Y vas
mejorando. Pero nada tiene que ver con esos ejercicios. ¿Crees que si todo
fuera tan simple estarías aquí?
—Supongo que
no.
No se atrevía
a sacarlo de su escondite por miedo a que la descubrieran, pero el insomnio la
torturaba de tal forma que tenía que hacer algo. Se levantó y rebuscó en el
falso techo. Se apoderó del diario, lo miró como si lo viera por primera vez,
sabía que no era así, aunque fuera incapaz de recordar su contenido. Comenzó a
leer con el deseo de que aquellas páginas calmaran su desasosiego.
"Para
que me recuerdes"
Bonito título
para un diario.
Esa noche estaba sola. De
sobra conocía el protocolo. No debía abandonar su puesto de trabajo bajo
ninguna circunstancia en ausencia de su jefe, pero eso era inevitable cada vez
que el inútil de James estaba de turno. Su trabajo era bien simple: recoger los
cadáveres y conducirlos en el vehículo fúnebre hasta el Memorial. Pero estaba
claro que ya había atascado a otro en el torno giratorio de alta seguridad de
la entrada trasera.
—Abrir puerta.
Aguardó a que el
mecanismo de seguridad obedeciera su orden y, luego, esperó a que se cerrara
tras ella. Avanzó por el pasillo maldiciendo mentalmente al chico y el día que
comenzó a trabajar allí. ¡Tenía que ser un enchufado! No encontraba otra
explicación. Saludó al guarda que ya esperaba su llegada.
—Es lo de siempre,
Patricia.
—Deberían despedir a este
chico. El día que coloque uno bien en el torno habría que darle un premio. ¿Tan
difícil es? ¡Lo pone bien clarito!
Head,
Feet.
Así rezaba en la cabecera del torno de la enorme máquina que daba acceso al
recinto, sobre un claro dibujo del cuerpo humano. Era la tercera vez en lo que
iba de mes que Patricia tenía que bajar a teclear la clave de seguridad y
desconectar la alarma. El pitido era casi ensordecedor. El esperado silencio
reinó en todo el edificio en cuanto marcó los números mágicos.
—Lo siento —se excusó el
chico visiblemente azorado.
—¿Cuántas veces tengo que
repetirte las cosas?
Con aquella cara
angelical y bobalicona a Patricia le resultaba difícil gritarle al chico lo que
se le venía a la mente. No le extrañaba que siguiera en su puesto a pesar de
sus errores.
—Ya puedes sacarlos. ¡Y mételos
de uno en uno! Y esta vez procura no equivocarte.
—Eso está hecho.
La enorme sonrisa de
alivio terminó por desarmarla. Suspiró y regresó sobre sus pasos camino de su
puesto sin decirle nada más. Cuando entró ya estaba allí el “nuevo”. Una vez
situado en el torno correctamente, la cinta transportadora lo trasladaba hasta
su planta en cuestión de segundos.
—Hola, amigo, veo que
esta vez el chico no se ha equivocado contigo.
Les hablaba. Era absurdo
hacerlo, de sobra sabía que no podían escuchar, pero ella les hablaba. No podía
evitarlo. No podía evitar sentir la necesidad de rendirles un último homenaje
antes de pasar a ser ¿historia?, ni siquiera eso, la historia forma parte de la
memoria, particular y colectiva, aquellos seres permanecerían algunos meses,
con suerte años, en la memoria de alguien querido, luego… desaparecerían para
siempre.
—Vaya, veo que tienes luz
verde —sonrió mientras miraba el monitor—. Será rápido. Unas cosquillas y ya
está. Pero antes, quiero pedirte algo…
Consultó los datos del
difunto que le mostraba el ordenador.
—... Alfred. Bonito
nombre y bonita corbata. Espero que no te importe que corte un trocito.
Patricia accionó la
palanca de acceso a la cámara en la que Alfred descansaba sobre la camilla. Con
delicadeza cortó un pequeño fragmento de tela de la corbata y lo introdujo en
la cajita de pruebas. Regresó a su asiento tras cerrar la cámara e imprimió una
etiqueta “Alfred Cagney. Músico. Año: 2025. Mes 11. Día 10” .
Unos segundos después
Alfred estaba situado en la plataforma de salida. Patricia observaba todo desde
la gran ventana mientras sostenía, en una de sus manos, la cajita con el trozo
de corbata.
—Adiós, Alfred.
Pulsó el botón y tecleó
en el ordenador. Un suave sonido comenzó a apoderarse de la estancia, el discriminador
de materia se ponía en marcha. Instantes después el cuerpo de Alfred
desapareció de su vista. El proceso de descomposición se iniciaría de
inmediato. Se aprovecharían sus elementos orgánicos y se eliminaría el resto.
Gloria Galeano
Esto es una muestra. Podremos acabar de leer el capítulo en cuanto se publique la novela MEMORIAS DEL PORVENIR, que próximamente saldrá a la venta para recaudar fondos en beneficio de la Asociación Síndrome de Marfan, SIMA. Disculpa las molestias. Gracias por tu comprensión.
Gran capítulo Gloria, empezando fuerte en la primera frase (quitando la cita) “Ver es recordar”, genial. La parte de Patricia me ha parecido brutal, macabra, buenísima. En esta sociedad deshumanizada que nos estáis mostrando, Patricia sería una friki por ser precisamente eso, un poco humana. Después aparecen “los ángeles de la muerte”, esto seguro que le va a encantar a Ángeles. Me has dejado intrigado y con el miedo en el cuerpo un poco. Con los cementerios virtuales me has dejado de piedra, es muy buen detalle. Después la sorpresa de Horatio que para nada me esperaba, aunque habías dado alguna pista, y he dicho: ole, qué bueno. Esto le encantará a Roberto jeje. Y luego está Allison, a la que conviertes en algo más que una ayudante y el hecho de que haga un informe para informar nos indica que alguien más hay detrás de todo el asunto. Interesante. Y me gusta el protagonismo que les das a las mujeres. Y seguiría pero haría este comentario superlargo. En resumen, que me ha gustado mucho tu capítulo, desde la primera hasta la última versión que he leído. Felicidades por este gran trabajo.
ResponderEliminar¡Enhorabuena, Gloria! Fantástico capítulo, ficción, horror e intriga "in crescendo" !!! Me maravilla el trabajo de escritores y correctores y asesores, para que, escribiendo cada autor con su propio estilo y preferencias, se mantenga una continuidad y una armonía en la historia capítulo tras capítulo, felicidades, un abrazo!
ResponderEliminar¡Cuánto trabajo detrás de cada capitulo! Otro miembro bien articulado y engrasado de este cuerpo que va tomando forma, se desvela entre brumas ese algo que se quiere recordar, que se quiere ver en un laberinto de olvidos y recuerdos...¡Que inquietante!
ResponderEliminar¡Muchísimas gracias a todos por vuestros comentarios!
ResponderEliminarGloria, tu parte está bien estructurada y cuenta con tu inconfundible sello personal. Al principio pensé que el hecho de introduccir un nuevo personaje y crear el entorno de la forense quizás nos perdería un poco con respecto al hilo conductor de Memory Shelter. Pero al final, cuando terminé de leerlo me dí cuenta de que había que respirar un poco para no aturullar al lector con tantos datos, por eso me pareció muy inteligente coger perspectiva desde otro punto. Tu prosa es limpia y depurada, que no sencilla, ejemplo de una concienzuda selección de palabras y cuidado en las estructuras.
ResponderEliminarEn mi sencilla y humilde opinión: lo has hecho genial.
Muchas gracias Olga. Precisamente esa era una de mis intenciones al moldear el personaje de Patricia.
EliminarEspectacular, Gloria. Fantástico tercer capítulo que sienta como un guante a los dos primeros y además aporta una excelente dosis de intriga que nos deja con ganas de leer más. La tensión llega a cotas insoportables. Tenemos a todos los personajes en una olla a presión a punto de estallar. Fenomenal. Una pregunta, si no es indiscreción, ¿cuánto les pagaste o qué les prometiste para que te dejasen matar a alguien? ;D.
ResponderEliminarMuchas gracias, Roberto. Esperaba tu opinión con interés y, porqué no decirlo, un poco de temor. Respondiendo a tu pregunta y, aunque cueste creerlo, me ha salido gratis, sólo tuve que desplegar mis "no encantos" jejeje.
EliminarGloria, muchas gracias por compartir tu talento y tiempo en este proyecto. El capítulo tercero llega con personajes nuevos y otros que parece que nos dejan. En este capítulo comprobamos el gran poder de los que están detrás del proyecto Némesis. Enhorabuena por este gran capítulo.
ResponderEliminarMuchas gracias a vosotros por acordaros de mí y permitirme formar parte de este fantástico proyecto.
Eliminar¡Fantástico tercer capítulo! Enhorabuena Gloria, me he encantado el desarrollo de la trama, el personaje de Patricia y el final que mantiene la intriga necesaria para tener ganas de seguir leyendo con urgencia el siguiente capítulo. Tu prosa es excelente y haces que el lector devore el capítulo, se hace corto, hubiese seguido leyendo.¡Felicidades Gloria!
ResponderEliminarMuchísimas gracias, Montse. Me alegra que te haya gustado. Ya sabes lo mucho que valoro tu criterio.
EliminarUn capítulo muy emocionante, me ha gustado mucho como cada vez conocemos mejor a los personajes que ya existían y cómo descubrimos a otros que son geniales, me encanta el papel de Patricia. Ardua tarea me queda porque quisiera mostrar tantos momentos que no me decido xD. Enhorabuena Gloria.
ResponderEliminar¡Muchas gracias! Estoy deseando ver tu trabajo y estoy convencida de que me encantará, como todo lo que haces.
EliminarHola, con este Capítulo de Gloria Galeano, veo que se pone cada vez mejor esta trama futurista. El hecho de que ya se sepa en el M.S.que Zack es un investigador, lo pone en alto riesgo para lo que se propone él en la clínica, imaginaba que iba a permanecer muy incógnito. La nota que encuentra Zack en el escritorio del desaparecido Horatio, donde se lee NÉMESIS, término que éste le consultará a Ariadna, se referirá a la venganza de un ENEMIGO, que parece que hay más de uno que quiere cobrarla. Esperaría que el retorno del diario a manos de Sam le devuelva la memoria en algún grado, según su último registro en él, lo que se viene tendrá tanto de largo como de ancho.Toda una degustación. Felicitaciones a la autora!!
ResponderEliminarHola, con este Capítulo de Gloria Galeano, veo que se pone cada vez mejor esta trama futurista. El hecho de que ya se sepa en el M.S.que Zack es un investigador, lo pone en alto riesgo para lo que se propone él en la clínica, imaginaba que iba a permanecer muy incógnito. La nota que encuentra Zack en el escritorio del desaparecido Horatio, donde se lee NÉMESIS, término que éste le consultará a Ariadna, se referirá a la venganza de un ENEMIGO, que parece que hay más de uno que quiere cobrarla. Esperaría que el retorno del diario a manos de Sam le devuelva la memoria en algún grado, según su último registro en él, lo que se viene tendrá tanto de largo como de ancho.Toda una degustación. Felicitaciones a la autora!!
ResponderEliminarFascinante capítulo. El nuevo personaje, Patricia, me encanta, y ese toque "macabro-necrófilo" me parece acertadísimo. Pero sobre todo me ha gustado la estructura del capítulo, saltando de unos personajes a otros en pequeñas escenas, haciendo que la lectura sea fluida y enganche, manteniendo un ritmo narrativo que no decae en ningún momento.
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