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"Cualquier tecnología suficientemente
avanzada es indistinguible de la magia”. Arthur C. Clarke.
Al final las
máquinas nunca fallaban, los errores siempre acababan siendo humanos. Eso era
lo que el doctor Stein les repetía una y otra vez: que había que estar alerta
tanto a la vigilancia de los internos como a los posibles problemas que
pudiesen llegar del exterior.
Para Erik Anderson eso era demasiado
vago e impreciso; nadie les decía qué diablos era lo que tenían que temer del
exterior. Y respecto a los internos, ¿qué daño podían hacer unos civiles,
ingresados como zombis a los que les fallaba la memoria? Aún así, siempre tenía
puestos los cinco sentidos cada vez que le tocaba turno de vigilancia. Nunca
había sucedido nada.
Hasta este momento.
Según podía ver por las entradas de
la tarde, el doctor Stein había ordenado a Madre que subiese el Santuario desde
la protección del Nido para realizar unas pruebas conjuntas a los durmientes.
Hasta ahí nada de especial. Pero cuando vio que las pequeñas luces que
brillaban en el Santuario eran rojas en vez de verdes, maldijo su mala suerte. Inmediatamente
tecleó un código para borrar los posibles ecos de señales falsas, mientras
rogaba que todo fuese una alucinación o un fallo del sistema, pero las
obstinadas luces seguían brillando en el sitio equivocado.


