“Sólo
hay una guerra que puede permitirse el ser humano:
la
guerra contra su extinción”. Isaac Asimov.
Domingo, 25 de agosto, 2024.
Es definitivo. Estoy irreversiblemente
aburrido de llevar este diario. Más de dos décadas de una pérdida de tiempo
absoluta. Recuerdo haber empezado este diario antes de mis diez años, porque
había una suerte de bicho raro picándome el pecho para que escribiera, para que
me dijera cosas que probablemente sabía, pero que de no poner por escrito
podrían terminar matándome cincuenta, sesenta años después, sin haberlas hecho
conscientes. Hoy releo esas líneas y no encuentro nada que justifique tamaña
colección de polillas, carcomas y barrenillas en un mundo donde el
almacenamiento de datos pasó de esas polillas a los virus informáticos, y
hacemos tan pocos esfuerzos por acabar con los segundos como los que antaño
pusimos en acabar con las primeras. Supongo que el ser humano descubrió, en
algún momento, que si sus memorias (escritas, habladas, pensadas, filmadas) no
peligraban por intercesión de algún Némesis frío y mortal, se perdía la gracia
de recordar, de almacenar, de acaparar. Era eso, o descubrieron el peligro de
una memoria perfectamente lúcida y conectada al todo. Hoy sé que todavía me faltan
al menos un par de relecturas melancólicas de estas líneas antes de que pueda
atreverme a incendiar todos estos cuadernos; pero mientras tanto, al menos, no
seguiré haciendo el tonto engrosando estas líneas. Pongo punto y fin a este
circular, pueril e intrascendente intento de contarme mi propia vida y que las
polillas se traguen hasta la última coma y el último acento.



